La Ciencia en femenino 

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Este artículo fue publicado en La Opinión el 16 de noviembre de 2017.

El pasado mes de octubre se hicieron públicos los nombres de las personas distinguidas con los premios Nobel y Princesa de Asturias. Solo una mujer, la británica Karen Amstrong, ha sido premiada con el Princesa de Asturias de Humanidades.  El resto de los galardonados son hombres. Y en los premios Nobel este año no hay ningún nombre de mujer.

Los Nobeles de física, matemáticas, economía y química llevan años sin reconocer las investigaciones de ninguna mujer.  Los datos son demoledores. Desde el año 1901 los Nobel han premiado 18 veces a mujeres y 581 a hombres, un ridículo 3% en 116 años.  En todo este periodo solo 2 mujeres han recibido el Nobel de física, 4 el de química y 12  el de medicina.

Ante esta evidencia cabe preguntarse si no hay mujeres científicas que lideren grupos de investigación en campos como la química, la medicina o la física. ¿Acaso las disciplinas científicas son un coto cerrado, exclusivo de los hombres? ¿De verdad no hay mujeres liderando grupos de investigación al más alto nivel?

La historia de la ciencia es un relato que nos ha sido narrado sin mencionar apenas el nombre de ninguna mujer. Sólo Marie Skłodowska-Curie, la primera mujer en ganar un premio Nobel y la única persona en ganarlo en dos especialidades diferentes, física 1903 y química 1910, nos resulta conocida. Otras mujeres que han contribuido a ampliar nuestros conocimientos de lo que somos y de lo que nos rodea son absolutamente desconocidas, como Irene Joliot-Curie, hija de Madame Curie y ganadora del Nobel de Química en 1935. Algunas incluso no obtuvieron el reconocimiento que merecían o se les reconocieron sus logros demasiado tarde. Es el caso de Rosalind Franklin,  la científica cuyos descubrimientos fueron fundamentales para resolver la estructura del ADN. Esta mujer obtuvo la imagen definitiva, la llamada Fotografía 51 que mostraba la doble hélice que compone la estructura del ADN, la molécula de la vida. Su jefe Wilking mostró esta fotografía a sus colegas Watson y Crick sin que ella lo supiera. Los tres fueron galardonados con el premio Nobel por este descubrimiento y evitaron nombrarla en todos sus discursos. Para entonces Rosalind había muerto a la edad de 37 años debido a la exposición a los rayos X sin suficiente protección.

No ha sido la única científica a la que se ha invisibilizado. Otras muchas mujeres han contribuido a los avances científicos pero sus nombres se han visto eclipsados por los de sus colegas varones. Ese olvido continuado que han sufrido las contribuciones de las científicas e investigadoras se conoce como  efecto Matilda en honor a Matilda J. Gage, sufragista neoyorkina de finales del siglo XIX que identificó y denunció la invisibilización de las mujeres y sus méritos en diferentes ámbitos.

El campo de la ciencia, como todos los aspectos de la sociedad actual, sigue siendo profundamente patriarcal. En siglos anteriores la mujer se consideraba un ser de inteligencia inferior a la del hombre. Incluso se “justificaba” esta inferioridad mediante teorías “pseudo científicas”. Como muestra lo que pensaba el mismísimo Darwin: “Se admite por lo general que en las mujeres están más fuertemente marcados que en los hombres los poderes de intuición, percepción rápida y quizás de imitación; pero al menos alguna de estas facultades son características de las razas inferiores y, por tanto, de un estado pasado e inferior de civilización.” Este argumento es obviamente obsoleto, pero en la actualidad se esgrimen algunas de estas razones para explicar porqué a las mujeres les cuesta más llegar a liderar equipos científicos y ser reconocidas como grandes investigadoras.

Una de estas razones es que la mujer ha “llegado tarde” a la carrera científica. Quienes sostienen este argumento se olvidan que ya en el siglo XIX hubo mujeres que contribuyeron con sus trabajos al avance de la ciencia. Es el caso de las astrónomas Henrietta Swan Leavitt y Maria Winkelmann-Kirch o de Ada Lovelace, la primera mujer programadora de la historia.

Otra razón muy socorrida es que las mujeres tenemos mayores dificultades para conciliar vida familiar con la carrera profesional. Y esto es debido a que la mujer se sigue ocupando del cuidado de los hijos y de la casa frente al hombre. En la ciencia la competición es feroz. Es necesario publicar mucho para llegar y mantenerse en primera línea. Si las mujeres seguimos siendo las cuidadoras y además queremos dedicarnos a la investigación estamos en desventaja con nuestros colegas masculinos.  Pero ¿ dónde están las políticas públicas que eviten este desequilibrio?

La Comisión Mujeres y Ciencia del CSIC elabora todos los años un informe sobre mujeres investigadoras que se puede consultar en su web http://www.csic.es/mujeres-y-ciencia. En el informe correspondiente al pasado año se constata que la proporción de mujeres investigadoras disminuye de forma considerable a medida que se asciende en la carrera científica.  Eso a pesar de que las mujeres obtienen un 65% de los títulos universitarios y un 45% de los doctorados. Es decir, a mayor cargo de responsabilidad, menos nombres de mujer. Y esto es debido a que los laboratorios científicos siguen valorando como más competentes a los hombres frente a las mujeres, a pesar de que ambos presenten los mismos méritos. Por eso, aunque en los grupos de investigación estén formados tanto por unos como por otras, las mujeres ocupamos puestos de menor jerarquía que nuestros colegas masculinos. Y las medallas y reconocimientos van siempre a quien se encuentra en lo alto de la pirámide.

Por eso es necesario poner de manifiesto que en el ámbito de la ciencia también sigue existiendo discriminación. Es fundamental revertir esta tendencia y trabajar por conseguir la igualdad. Dar a conocer la existencia y el trabajo de las mujeres científicas a lo largo de la historia y reivindicar sus nombres puede ser un primer paso. Ellas son el referente en el que se mirarán  a las próximas generaciones.

 

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