La  importancia de las cuotas femeninas

Nota: Este artículo ha salido cortado en La Opinión, por motivos ajenos a nuestra voluntad y también del editor, así que os dejamos aquí la versión integral.

La realidad está llena de paradojas y las cuotas femeninas son un ejemplo de ello: existen para conseguir que dejen de existir. Estas cuotas, cuya finalidad es que haya un mejor reparto de los lugares de representación pública y privada, surgen para favorecer el acceso de grupos como el de las mujeres, históricamente discriminados, a dichos espacios visibles. Se trata de la presencia más equitativa de las mismas en los consejos de administración,  jurados,  cargos universitarios,  listas de partidos políticos, y así, en infinidad de lugares de toma de decisiones en los que, de no estar las mujeres representadas, se producirían claros ejemplos de desigualdad de oportunidades entre los sexos.

Han pasado tres décadas en nuestro país desde que empezaron a  reclamarse las políticas de cuotas y asistimos, con estupefacción, a la realidad de que esa paradoja, esa existencia de la discriminación positiva, necesaria para que pueda algún día dejar de serlo, no ha dado los frutos deseados y, todavía hoy, se requieren esfuerzos considerables para conseguir que surja de manera espontánea sin tener que aplicarla por imperativo.

Así ha sucedido a raíz de la difusión del primer cartel del II Congreso Capital del Columnismo, que se celebrará los días 18, 19 y 20 de octubre en León, en el que no se nombraba a una sola mujer, como si en España no hubiera mujeres periodistas. Después de numerosas críticas se ha elaborado  un nuevo cartel en el que sí aparecen cinco mujeres: Lucía Méndez, Edurne Uriarte, Karmentxu Marín, Cristina de la Hoz y Elsa González.

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Los organizadores se han justificado diciendo: “Nosotros no somos machistas, como se ha dicho, pero no trabajamos con cuotas”, y añaden que “la nula presencia femenina en el avance era un detalle del que no fuimos conscientes”.

A las feministas no nos gustan las cuotas. Nos molestan sobremanera porque nos recuerdan que, si no existieran, “la presencia de mujeres” en los lugares de relevancia y toma de decisiones seguiría siendo ese “detalle” del que los hombres que deciden se olvidan o no son conscientes. Y no sólo es que sea muy desagradable ser ignorada o no tenida en cuenta, sino que, a todos los efectos, según nuestra ordenación jurídica y constitucional, estas situaciones y discriminaciones son ilegales.

Por eso, todavía hoy la discriminación positiva sigue siendo una realidad necesaria. Por ejemplo, para corregir la poca presencia de mujeres directoras en el cine español, desde 2009 se considera un incentivo que la película esté dirigida por una mujer de cara a recibir mejores subvenciones. Una medida que obedece a la Ley de Igualdad 3/2007 del Parlamento español (aprobada por el gobierno del PSOE), de la que otros sectores profesionales de la cultura hacen caso omiso.

Han sido necesarias las cuotas en los partidos políticos, que han conseguido cambiar el colorido de los Parlamentos, y en el ámbito privado, donde a instancias de la Comisión de Igualdad de Género, Viviane Reding, vicepresidenta de la Comisión Europea en 2012, decidió tramitar una directiva que promoviera la contratación de mujeres para puestos en los consejos de administración de las grandes empresas, con el objetivo último alcanzar en el 2020 una cuota del 40%.

Un espacio especialmente doloroso de discriminación positiva lo constituye, en el ámbito penal, la Ley Integral contra la Violencia de Género aprobada en 2005, considerada por algunos sectores de opinión como discriminatoria para los varones. Hasta tal punto nos cuesta  el reconocimiento social, incluso como principales víctimas de una violencia ejercida sobre nosotras por el mero hecho de ser mujeres.

La discriminación positiva es un instrumento útil para romper el techo de cristal que, a pesar de los grandes avances sociales, todavía padecemos las mujeres, con el consiguiente beneficio que ello supone, por extensión, en la esfera privada y familiar.

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