De mujeres y ventanas

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“Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos” dice una hija mientras observa a su madre absorta mirar por la ventana en “De su ventana a la mía” de Carmen Martín Gaite, uno de los cuentos recopilados por Laura Freixas en “Madres e hijas”[1] Esta hermosísima imagen evoca de inmediato muchas otras representaciones de mujeres asomadas a la ventana, pintadas en un cuadro, descritas por la literatura o en la vida real, si rememoro a algunas de las mujeres cercanas, de la familia o a mí misma.

La protagonista del relato reconoce esa mirada embelesada en su madre, casi siempre, al atardecer y ella, una niña todavía, respeta ese momento íntimo y aguarda, en silencio, a que aquella vuelva del viaje o finalice el trance en el que se abandona durante unos minutos. “Desde niña supe que la hora que más le gustaba para fugarse era la del atardecer, esa frontera entre dos luces, cuando ya no se distinguen bien las letras ni el color de los hilos y resulta difícil enhebrar una aguja; supe que cuando abandonaba sobre el regazo la labor o el libro y empezaba a mirar por la ventana, era cuando se iba de viaje”[2] .

No es la primera vez que la autora utiliza las ventanas como referencia literaria. La alegoría de la ventana como la apertura a través de la cual la mujer observa el mundo ya aparecía en su novela “Entre visillos”, premio Nadal en 1957.

Pero hay muchos otros ejemplos similares a lo largo de la historia de la literatura. Me remitiré a unos pocos, los más cercanos en el tiempo y sin salir de nuestro idioma, el castellano, pues podríamos trasladarnos a tiempos y lugares mucho más remotos:

¡Oh! enjauladitas hembras hispanas,

desde que os ponen el traje largo,

¡cuán agria espera! ¡Qué tedio amargo

para vosotras entre las rejas

de las ventanas,

de estas morunas ciudades viejas,

de estas celosas urbes gitanas!

Rima Antonio Machado conceptualizando las ventanas enrejadas como reclusión femenina. A este concepto de reclusión nos referiremos más adelante con detalle.

En el mismo sentido carcelario, Clarín, en la Regenta, pondrá en boca de alguno de sus reaccionarios personajes la siguiente sentencia censurando estos espacios por ser considerados contrarios al ideal de reclusión femenina: “y nada de balcón, ni de tertulia, ni de amigas, que son peligrosas… Eso sí, tocar el piano si se quiere y coser a discreción…”

O en la “La casa de Bernarda Alba” de Garcia Lorca dirá la enlutada Bernarda a sus hijas y al resto de habitantes de la casa, todas mujeres. tras enviudar: “Hacemos cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo” Las ventanas surgen, de nuevo, como única vía de comunicación, capaces de romper el claustrofóbico encierro interior, y se erigen como el único resquicio de apertura al exterior y a la libertad. También se nos muestran, como un espacio peligroso, temido por todos aquellos que deben cuidar a la mujer de lo que les acecha más allá de los muros dentro de los que habitan.

Algo más permisivo será Pablo Neruda cuando nos habla de su enamorada, a la que se le permite contar estrellas desde la ventana a la par que él: Pero muchas veces te he rozado, Isabela. Porque tú serás quién sabe dónde esa recogida mujer que, cuando camino en el crepúsculo, cuenta desde la ventana, como yo, las primeras estrellas (Neruda 2001: 234).

También la pintura, mucho más explícitamente, nos muestra sugerentes imágenes de mujeres junto a ventanas o mirando a través de ellas. Podemos encontrar ejemplos desde la antigua Grecia hasta la actualidad, pero será en el siglo XIX cuando esta imagen trasmite una emoción nueva. Es en este momento cuando la ventana deja de ser la apertura al exterior por donde penetra la luz que necesita el creador para iluminar una escena, unos personajes, una estancia, en la que una mujer cose, lee una carta o un libro, como ocurre en la pintura barroca o flamenca. Es con el romanticismo cuando el pintor se recrea en la figura de una mujer ensimismada en lo que contempla más allá del quicio de la ventana, como si estuviera viviendo un sublime instante.

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El recorrido de esta nueva visión de mujeres con ventana, podría comenzar con “Mujer mirando por la ventana de su estudio”, de Caspar David Friedrich, 1822, en la que la mujer de espalda debe contemplar el mar, pues la ventana no permite ver el mástil de un barco; pasando, un siglo después, por “Figura en una ventana” de Salvador Dalí, (1925), y Edward Hopper en “Morining sun” (1952), a quien me gustaría destacar por encontrar en él, el mismo sentimiento que me ha trasmitido la imagen de la madre en el relato “De tu ventana a la mía” y porque es la misma Gaite la que lo nombra en él. Otro ejemplo más actual sería “Baby, bye bye” o “In thoughts of you” de Jack Vettriano entre otras, quien dotara de erotismo el ensimismamiento femenino.

En todas estas representaciones las ventanas se nos muestran como espacios mágicos. Se les transfiere la cualidad de aliviar la soledad de quien habita en el interior de una estancia. Por ellas penetra el palpitar de la vida de la ciudad: el sonido de los coches, las voces de la gente, las risas de los niños, el canto de los pájaros, el olor a humo, a mar, a basura, a tierra mojada, a flores o a hierba recién cortada. A través de ellas se puede ver el cielo, las nubes pasar, la lluvia caer, las estrellas y la luna cuando llega la noche, así como también nos muestran la vida de otros seres solitarios o no. Pero no sólo nos permiten dejar entrar todo lo externo, también nos conceden la opción de hacer el recorrido inverso, de dentro hacia afuera, salir por ellas, imaginar con absoluta libertad lo que hay más allá de lo que nuestra vista puede alcanzar, porque la imaginación no tiene límites y nos puede llevar hasta donde queramos.

Tras este pequeño recorrido por las representaciones artísticas en las que la complicidad entre mujer y ventana puede considerarse como una premisa evidente, sería  inevitable preguntarnos por su procedencia. ¿Dónde nace el deseo de la madre de la protagonista de “Desde tu ventana a la mía” de escapar durante un momento y sólo furtivamente abandonarse a un instante de libertad y, como ella, todas las demás representaciones a las que hemos hecho referencia? Si existe el deseo o la necesidad de libertad es porque, aunque sea subterráneamente, subyace el sentimiento de su falta, entonces ¿qué ataduras son las que nos incitan a este recorrido?

Si intentamos rememorar cual ha sido la vida de las mujeres a lo largo de la historia, generación tras generación, no es difícil encontrar una respuesta a estas preguntas.

El primer concepto al que me quiero referir, como posible causa de esa necesidad vital de escapar y al que hacen alusión algunos de los textos enunciados, es el de reclusión. Las ventanas representan el único resquicio capaz de romper la clausura, de contaminar al recluido, en este caso la recluida. Es el único elemento que puede propiciar su escapada y, a través de ella, adquirir la libertad o, al menos, hacernos capaces de percibir que ahí afuera, hay otro mundo susceptible de ser deseado. Cerrar las ventanas, tapiarlas, o enrejarlas, nos aleja de la libertad ansiada o de la tentación temida. Las mujeres han sido recluidas a lo largo de la historia para preservar su pureza antes de contraer matrimonio, pues no podía haber desgracia mayor que la de perderla antes de tiempo. Pero también, y en la misma medida, como garantía de cumplimiento de las obligaciones contraídas en el contrato hacía el otro contratante, para preservar su imposición de fidelidad hacia el esposo y como alejamiento de cualquier tipo de tentación que pudiera ser quebrantado, también como acatamiento de sus deberes de sostén del hogar y de la familia, espacio físico y moral que ha sido siempre su reino.

Este sometimiento al encierro del que las mujeres occidentales podemos considerarnos liberadas no hace demasiado tiempo, sigue estando vigente en otras latitudes del planeta en pleno siglo XXI, no muy lejos de nosotros. Por ese motivo deberíamos evitar cualquier clase de triunfalismo.

El segundo concepto al que quiero referirme es el de renuncia. Renunciar significa dejar sueños atrás, abdicar de parte de nuestra independencia, resignarnos a una vida que no es del todo la que hubiéramos deseado. Cualquiera podría argumentar que la renuncia no es un característica exclusiva de las mujeres, por supuesto que no. Hombre o mujer, que deba optar entre varias opciones se ve abocado, necesariamente, a la renuncia de aquello que no elige, pero nadie podrá negar que la renuncia de las mujeres, a lo largo de los siglos, no tiene parangón con la de los hombres. Sus ambiciones laborales, sus aficiones, su vida social o sentimental, todo esto y mucho más, queda en suspenso en la mayoría de los casos por sus obligaciones familiares. Son muchas, las exigencias sociales que se le imponen, la mayoría de las veces al contraer matrimonio pero también aunque no llegue a formar una familia, simplemente por el mero hecho de ser mujer, por consiguiente, su renuncia no es comparable a la de la parte masculina del contrato. Incluso en la actualidad, a pesar de que participamos de casi todas las actividades laborales, sociales y familiares en aparente igualdad con los hombres, las mujeres debemos seguir renunciando a puestos de responsabilidad por la dificultad de compaginarlos con nuestra vida familiar en la que nos seguimos sintiendo principales implicadas, o nuestro salario sigue siendo más bajo que el de los hombres, haciendo el mismo trabajo, porque se presupone que nuestras tareas domésticas o familiares nos restan competitividad.

Mientras el cuidado de los otros siga siendo una tarea exclusivamente femenina, las mujeres estaremos abocadas a perder, en el camino, parte de nuestro ser, de nuestra identidad, de nuestros deseos, de nuestras ambiciones.

Si la reclusión puede considerarse una imposición fuera de los márgenes de nuestra libertad, la renuncia podemos entenderla como un acto voluntario, una decisión asumida libremente y a la que nos resignamos por el amor, amor a nuestros padres, a nuestros compañeros, a nuestros hijos, etc.

¿Entonces, por qué vivir como drama esta renuncia si nos hemos entregado a ella de forma voluntaria, si ha sido elegida o incluso, en muchos casos, deseada, buscada y considerada el fin último de nuestra vida de mujer? En el caso del matrimonio, por ejemplo, se podría afirmar que la mujer, a lo largo de su historia, ha enfocado su vida, casi desde el nacimiento, hacia esa renuncia, hacia ese abandono de su libertad y a esa abdicación de ella misma.

Tanto la reclusión como la renuncia nos transportan a otro estado del alma que podríamos denominar aislamiento. El mundo sigue su curso, rotando sobre su eje, sin nuestra participación, si la reclusión o la renuncia son absolutas. No participamos en el devenir de los acontecimientos, y nuestros deseos, nuestros pensamientos, nuestras habilidades y nuestro poder, quedan neutralizados, enterrados, desperdiciados, nunca serán conocidos ni aprovechados.

Estos estados del alma y del cuerpo, la renuncia, la reclusión o el aislamiento, principalmente, casi siempre subyacen en el interior sin ser percibidos, sin ser vividos como una castración, sin provocar rechazo hacia ellos o rebeldía para combatirlos. No hay drama en dejarnos poseer por ellos, incluso, por el contrario, pueden hacernos felices. La necesidad de alivio que nos embarga en algún momento puntual, ese deseo instantáneo de dejar volar el pensamiento mientras se mira por la ventana, ese dejarnos fluir unos segundos y reencontrarnos con quienes en realidad somos, no son más que actos inconscientes de pura necesidad, como la sed o el hambre que gobiernan nuestros movimientos sin tener que pensar en ellos.

¿Por qué acercarse a la ventana? ¿Por qué no, simplemente, abrir la puerta y salir? Porque la ventana nos posibilita relacionarnos con el exterior sin implicarnos con él, nos da cierta libertad pero, también, significa contención. Sí, el mundo está ahí afuera, puedes saber de él, conocerlo, pero no mezclarte. Tu sitio está dentro, en el lado interior de la ventana. En la actualidad, esta visualización, puede parecer exagerada, para una mujer occidental, pero no lo es tanto si nos trasladamos un poco atrás en nuestra historia o nos situamos en otras latitudes, terrestres o culturales, en las que ni siquiera las ventanas estarían permitidas para una mujer.

Mientras la madre de la protagonista del cuento de Gaite realiza este movimiento, mientras su mirada atraviesa los cristales y viaja a otros lugares, como Nueva York (como imagina la hija protagonista porque esa allí donde ella vive), no es consciente de que dentro de ella palpitan sueños, deseos que van más allá de contemplar las nubes que pasan o respirar los aromas que trae la brisa. Porque esta contemplación puede contener, en sí misma, la función de desentrañar, despertar, remover un interior dormido e incitarla a recordar quién es además de un ente comprometido con aquellos que la observan inquietos mirar por la ventana y se preguntan a dónde va.

Esta visualización de una mujer en la ventana es tan hermosa como injusta en tanto que los hombres casi nunca precisan emprender este viaje iniciático para reencontrarse consigo mismos. Cuando las leyes cambian y nos hacen formalmente iguales a hombres y mujeres, la diferencia entre unos y otras sigue dirigiendo nuestra vida, palpitando bajo nuestra piel durante mucho más tiempo.

Mientras la igualdad no sea un hecho además de un derecho quedarán las ventanas al atardecer, justo antes de encender las luces de la casa.

[1] “Madres e hijas”  Relatos de Rosa Chacel, Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite… Edición y Prólogo de Laura Freixas. Anagrama. Barcelona 1996.

[2] Idem-

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