Amigas

amigas

Por Zaida S. Terrer

“…Y quiero convertirme en una mujer que pueda amar. Y quiero conocer a mujeres que se amen, que vivan, que no estén humilladas, ocultas, aniquiladas…”

Helene Cixóus

Casi todas mis amistades han sido y son mujeres. No por casualidad sino por necesidad. Al igual que les pasa a muchos hombres, buscamos al igual para encontrar en la identificación la diferencia, que es más fácil que buscar en la diferencia la similitud.

La amistad que dura años tiene además un valor añadido. El tiempo la viste de una pátina de implícitos que va aumentando, sin olvidarse ni perder sentido. No hay que volver a contar las cosas, ni hay que definirse una y otra vez; la historia de la vida de cada cual se va sucediendo y guardando en un cajón común que no hace falta estar abriendo para tenerlo en cuenta.

Hay amigas nube, las amigas de la infancia, cuando todo era juego y nos mirábamos en ellas como en un espejo hecho a la medida de nuestras dudas. Teníamos cromos y secretos, silencios compartidos, aventuras y envidias confesables. Amigas que ocuparon nuestro cielo infantil y acompañaron esa inmensidad que entonces nos parecía el mundo. Imprescindibles.

Hay amigas estrella, que se terminan apagando aunque brillen a años luz. Están, las vemos, pero no existen; sólo queda su resplandor que, en realidad, ya no les pertenece, solo es el rastro de lo que nos dejaron dentro. Frecuentes.

Hay amigas luna, las que aparecen en las épocas oscuras. Son amigas de la noche, de las crisis, de los momentos ciegos. Necesarias.

Hay amigas sol, las que vienen al escuchar la risa y la palabra, cuando no hay sombras y el camino está llano. Amigas para largos paseos sin altibajos y tardes apacibles. También necesarias.

Hay amigas desván, las que nos buscan para sacar sus trapos sucios, lo que archivaron un día y les hizo daño pero no se atrevieron a decirnos, y luego desempolvan con rencor para quitárselo de encima y vaciar su particular trastero de los horrores, para que les quepa todo lo que siempre esperarán de nosotras y nunca haremos, lo que tendríamos que haber dicho en el momento justo y no diremos. Prescindibles.

Hay amigas río, relaciones que a lo largo del tiempo cambian según las épocas. A veces discurren cantarinas y frescas, otras se hacen lentas, como esos tramos de río profundos, para pasar después a fluir entre saltos y rápidos

donde la emoción es el cariz dominante. Incluso hay momentos de perderse la corriente y desaparecer bajo grutas y subterráneos inesperados, para aparecer después, al cabo de los meses, y brotar en cascada sobre el recodo de la sorpresa. Son ríos en los que nos hemos ahogado a veces, pero siempre hemos conseguido sobrevivir y bañarnos de nuevo en ellos, sin acordarnos del tiempo de la distancia. Escasas.

Hay amigas universo, que son río, piedra, estrella, desierto, montaña, tormenta, selva, llanura, resplandor. Amigas a las que, a pesar del tiempo y lo vivido, encontramos la manera de mantener cerca aun con la enredadera de encuentros y desencuentros que es la vida, como si tuviéramos la capacidad de ser yedras que extienden siempre alguna de sus ramas la una hacia la otra al crecer para no alejarse. Más escasas.

Y quedan las amigas continente, las de la madurez, las que no nos conocieron a los quince años ni a los veinticinco, las que no vieron nuestros granos de adolescente, ni las peleas con nuestra madre, las que no estudiaron con nosotras, con las que no salimos a ligar ni a emborrachamos por primera vez.

Las que no nos conocen de toda la vida, ni tienen una imagen de nosotras antigua y difícil de romper, las que ya nos han visto las primeras arrugas y los primeros síntomas de cansancio cotidiano, con las que hay que apurar el tiempo de ocio porque el resto, casi todo, está ya lleno de trabajo, de hogar, de supermercado, de sueño, de buenas y malas noticias, de compromisos familiares, de aficiones personales y del necesario tiempo de estar a solas.

Las amigas de la madurez son un descubrimiento, una tierra nueva para explorar. Son amigas distintas a las otras porque, sobre todo lo que no se conoce, que es bastante, se hace un acto de fe, un compromiso tácito de aceptar sin saber, de comprender sin todos los datos precisos, de querer sin la prueba indiscutible que el tiempo supone en la confianza. Es difícil hacer amigas nuevas cuando vamos cumpliendo años. Hay un temor no reconocido, casi infantil, en el hecho de empezar una relación a cierta edad, como si nos acobardara la falta de tiempo a las espaldas.

Las amigas continente nos dan algo que tiene un valor que las contiene a ellas y a la vez las sobrepasa. La certeza de que nada se para. Nos muestran el reino de la posibilidad, que es mucho más vibrante que el de la estabilidad.

Nos enseñan a valorar el tiempo y a saber perderlo con alegría cuando las encontramos, a ver películas que no hubiéramos visto, a escuchar otras músicas, a visitar lugares distintos y paisajes que nos regalan para siempre; nos recomiendan libros, comparten con nosotras sus creaciones, nos cuidan si enfermamos y nos traen un buen vino para celebrarlo todo. Cuántas más mejor.

Me alegra haber podido salvar el pudor y la distancia que a veces se tiene con lo semejante por miedo a la rivalidad, a la competencia, a la comparación con una misma, a esa dificultad que tienen algunas mujeres para reconocerse en sus carencias y preferir obviarlas para no sentirlas, y también para reconocerse en lo que tienen, en lo que nos identifica aun dentro de nuestras diferencias.

 

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